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Opinión

¿Quién tiene la razón en el caso de las empresas contaminantes de Nuevo León?

Sin Censura

Cuando El Horizonte publicó las primeras denuncias en contra la empresa Zinc Nacional por contaminar y ser causante de enfermedades en los vecinos de su planta, una parte de la opinión pública no lo creyó. Por extraño que parezca, muchos defendieron a Zinc Nacional. 

Cuando el gobierno del Estado dijo que procedería a clausurar la empresa si no tomaba de inmediato medidas correctivas, esa misma parte de la opinión pública tampoco le creyó. 

Ahora que Zinc Nacional ya reconoció su culpabilidad como emisora de partículas contaminantes, muchos activistas, en un principio indiferentes, se pararon el cuello diciendo que ellos fueron los primeros en dar la voz de alarma. Es falso: mienten rotundamente. 

La historia de Zinc Nacional se repitió con Ternium, que contaminó evidentemente el arroyo La Talaverna. 

De igual manera que con Zinc Nacional, este diario y esta columna insistieron en la irregularidad de la acerera. Muchos activistas cínicos llegaron a defender a dicha empresa. Se les llenaba la boca argumentando que la contaminación de La Talaverna no era para tanto, que no exageráramos con nuestras denuncias o que ya la empresa había limpiado por completo el arroyo. 

Ahora, la secretaria de Medio Ambiente del gobierno Estatal ya confirmó el daño de Ternium al cauce natural de La Talaverna y se procederá a la sanción correspondiente.

Pese a que el desenlace de estos casos fue justo y sienta precedente de que las empresas que contaminan no se saldrán con la suya —al menos en Nuevo León—, una duda permanece: ¿por qué muchos activistas defendieron a estas empresas y no a la población afectada? ¿Por qué muchos que se dicen voceros de la opinión pública se pusieron del lado de los agentes contaminantes y no de los regiomontanos?  

Quizá la explicación está en una obra de teatro de Henrik Ibsen, titulada Un enemigo del pueblo (1882).  

El personaje principal, que es médico, descubre que las aguas del balneario de su ciudad —generador de la mayor fuente de ingresos públicos— están contaminadas. El doctor denuncia a los culpables, pero resulta que la opinión pública, o en todo caso sus supuestos voceros, culpan de este hecho no a los contaminadores, sino al propio médico. De ahí el título de la obra de teatro. Resulta que el enemigo del pueblo no eran las empresas contaminantes, sino el médico que las denunciaba. Dicho de otra forma: el mundo al revés. 

A ver si, para la próxima, tanto cobarde que cerró su boca en este tipo de casos del Área Metropolitana de Monterrey aprende la lección.

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