Es indispensable, si queremos tener una vida plena, no perdernos en las historias que la mente nos cuenta.
Hace unos días tuve la oportunidad de leer un relato indio que me inspiró para escribir esta columna: El cuento se trata de un lechero acaudalado y que contaba con varios trabajadores en su lechería.
Llamó a uno de ellos, Ashok, y le entregó una olla llena de mantequilla para que la llevase a un cliente de un pueblo cercano. A cambio le prometió algunas rupias extras. Ashok, muy contento, colocó la olla sobre su cabeza y se puso en marcha, en tanto se decía para sí:
“Voy a ganar dos rupias. ¡Qué bien! Con ellas compraré gallinas, éstas pronto se multiplicarán y llegaré a tener nada menos que diez mil. Luego las venderé y compraré cabras. Se reproducirán, venderé parte de ellas y compraré una granja.
“Como ganaré mucho dinero, también compraré telas y me haré comerciante. Será estupendo. Me casaré, tendré una casa soberbia y, naturalmente, dispondré de excelente cocinero para que me prepare los platos más deliciosos, y si un día no me hace bien la comida, le daré una bofetada”.
Al pensar en propinarle una bofetada al cocinero, Ashok, automáticamente, levantó la mano, provocando así la caída de la olla, que se hizo mil pedazos contra el suelo derramando su contenido.
Desolado, volvió al pueblo y se enfrentó al patrón, que exclamó: “¡Necio! ¡Me has hecho perder las ganancias de toda una semana!” Y Ashok replicó: “¡Y yo he perdido mis ganancias de toda la vida!”.
Aunque este relato puede resultar gracioso, desgraciadamente es algo increíblemente común.
Es tan fácil que nos perdamos en una mente errante e ilusa y dejamos de vivir este momento, el único momento que es realmente real y donde tenemos la oportunidad de hacer cambios reales para que posteriormente, no en un futuro, sino en el presente, veamos realizados nuestros proyectos.
Por eso es tan importante desarrollar la atención al presente, un entrenamiento que es fácilmente demeritado porque la mente nos embabuca para que nos perdamos en sus contenidos ilusorios sólo para darnos cuenta de que la vida se nos va en un abrir y cerrar de ojos.
Por supuesto que no se trata de no tener sueños, estos son válidos, pero nunca desconectándose del presente porque las consecuencias pueden ser más adversas que derramar una olla de mantequilla.
Podemos, si no estamos presentes, dejar pasar las verdaderas oportunidades que nos pueden llevar a un cambio genuino, no soñado, sino un cambio que venga desde un esfuerzo o creatividad nutridos por el momento presente.
Así que la invitación de un servidor es a no permitir que la mente tome el control de nuestra vida, recordemos, no somos la mente, la mente es sólo una herramienta a nuestro servicio, pero si nos dejamos llevar por ella como el repartidor de mantequilla, nos perderemos en sus dominios.
De hecho, hay una analogía que me encanta que dice que la mente es como una sirvienta que se cree la dueña de la casa cuando está sola, y se pone la ropa de la dueña, sus zapatos, sus alhajas y actúa como si fuese la dueña, pero cuando ve que la dueña se acerca corre a dejar todo en su lugar y vuelve a su puesto.
Pues a la mente le pasa exactamente lo mismo, si la dejamos sola, nos manejará a su antojo, pero, cuando llevamos atención al presente (cuando llegamos a casa), la mente vuelve a ser nuestra fiel sirviente. Hasta el siguiente momento presente.
