Los números fríos del primer trimestre de 2025 esconden una realidad económica que debe analizarse con rigor crítico: el consumo privado cayendo (-1.7% hasta febrero), un PIB que baila entre tímidos crecimientos y preocupantes caídas (octubre -0.4%, noviembre +0.7%, diciembre -0.6%, enero +0.6%, febrero -0.7%), y el fantasma de una recesión técnica que ya no parece hipotética, sino inminente.
Pero reducir este escenario a meras cifras sería un error de análisis. Lo que estamos viendo es el resultado acumulado de años de problemas estructurales no resueltos: un modelo económico que no ha sabido diversificarse, una dependencia peligrosa de Estados Unidos y una falta de visión estratégica que ahora nos pasa factura.
El riesgo de degradación crediticia (actualmente BBB+ con perspectiva negativa) no es solo una nota de prensa para inversionistas; es el reflejo de cómo nos ven los mercados internacionales: como una economía con pies de barro, donde la falta de reformas profundas, la incertidumbre jurídica y los cuellos de botella estructurales han minado nuestra competitividad. Si cruzamos la línea hacia el grado especulativo, el costo será alto: menor inversión extranjera, financiamiento más caro y, sobre todo, menos margen para maniobrar en medio de la tormenta económica global que se avecina.
Pero el verdadero análisis crítico debe ir más allá del diagnóstico. La pregunta incómoda que debemos hacernos es: ¿por qué México siempre parece estar a un paso de la crisis, incluso en momentos de bonanza global? La respuesta está en nuestra incapacidad crónica para construir instituciones económicas sólidas, en la miopía política que privilegia el cortoplacismo sobre las reformas estructurales y en un modelo de desarrollo que sigue apostando a los mismos sectores sin innovar. El T-MEC, que debería ser nuestra ventaja competitiva, se ha convertido en un arma de doble filo por nuestra falta de preparación para los cambios en las cadenas globales de valor.
La reflexión final es contundente: esta no es una crisis pasajera, sino el resultado previsible de decisiones (y no decisiones) acumuladas. El camino fácil será culpar a factores externos o aplicar medidas cosméticas. El camino difícil, pero necesario, implica un replanteamiento profundo de nuestro modelo económico, con reformas fiscales serias, inversión en infraestructura de calidad y, sobre todo, una visión de Estado que trascienda los ciclos políticos. México está en una encrucijada histórica: podemos seguir administrando la decadencia o usar esta crisis como catalizador del cambio. La elección que hagamos en los próximos meses definirá nuestro futuro económico por décadas.