Más allá de lo que ocurra a partir de pasado mañana, martes en los Estados Unidos, y que seguramente marcará el futuro inmediato de nuestro país y del resto del mundo, el día siguiente, es decir, “el miércoles de ceniza”, es el inicio de la Cuaresma, que es un tiempo de reflexión, abnegación, moderación, ayuno y abandono de actividades y hábitos pecaminosos para someterse a la disciplina espiritual de los momentos santos de profunda reflexión que exige nuestra existencia en este mundo. A los cuales lo invito a participar conmigo, para enfrentar recargado y con nuevos bríos ese trozo de tiempo que nos resta por vivir.
Y es que, ¿qué es la vida si no más que un trozo de tiempo que se hilvana de momentos?… Momentos hermosos, dulces, bellos, difíciles, complicados y amargos, que todos ellos le van dando color a la vida, para vestirla de la mejor forma que, a nuestras posibilidades y pareceres, adoptamos.
Me confieso católico de fe, creo en Dios, en su mensaje, en sus santos y ángeles como auxiliares de su misión, pero lamentablemente no creo en la palabra de los hombres que ocupan su trozo de tiempo en este tiempo sobre la tierra, pues la misma imperfección que por la propia naturaleza hemos sido dotados, y por la cual Dios es nuestro salvador, desbasta con la buena fe de muchos de los que ocupamos una parte de este espacio.
No digo que he perdido las emociones, los sentimientos y la bondad, pero, de tanto porrazo, aprende uno a arquear la ceja tipo Pedro Armendáriz, pues la misma imperfección de la que hablo se ha traducido en errores (por no decir maldad) de confianza y credibilidad hacia el más méndigo de los mendigos. Y en esto, no solo me refiero en singular a las personas, sino en plural a las instituciones públicas, privadas e incluso religiosas, que se reproducen, casi creo que como “gremlins”, encauzando la “bondad” y necesidades de la borregada para su causa.
Por eso, mi fe y devoción son libres, abierta, de corazón, de impulsos, de momentos. En lo particular, no soy un ser que se rige por lo que dictan los que hablan con la voz, porque en mí, mi corazón es el que manda. Aunque claro, como vivimos en un mundo terrenal, debo acatar, como todos los que aquí estamos, lo escrito en las normas, leyes y reglamentos, so pena de ser infraccionado o, en el peor de los casos, “mordido” por esa imperfección con la que también, perfectamente, han sido dotados algunos servidores públicos.
Para mis entendederas, Dios habita mi ser, muy dentro de mi corazón, pero en el suyo también, estimado lector y amable acompañante de este trozo de tiempo. En la mirada, en la palabra, en la sonrisa, en las buenas acciones y en el comportamiento de nuestros semejantes: en un viejo, en una mujer, en un adulto, en un joven, en un niño, en un perrito, en un pajarito, en un árbol.
Todos ellos, como usted y como yo, son elementos físicos que hoy tienen vida, ese trozo de tiempo que la gracia divina nos ha dado para hacer con ella lo que mejor creamos para trascender más allá de los límites de nuestra existencia.
Naturalmente, la familia es el elemento fundamental para sostener sobre ella el amor de Dios que nos ayuda a trascender en este trozo de tiempo a través de los hijos. Pero los que aún no los tenemos, lo hacemos a través de nuestros actos, de nuestras obras, de nuestro trabajo y entender, dando a amor a quien nos late sin esperar nada al regreso.
También me confieso pecador, porque he fallado hacia la palabra del Señor en pensamiento, palabra, segura e involuntariamente en obra y también en omisión, y aunque reconocerlo no es una aspiración para ser más o menos que los demás, confío, tengo fe y esperanza de que Dios me cubra con su manto de bondad y perdone mis errores, mis desaciertos, mis pecados y todo aquel daño que involuntariamente he causado.
Cierto es que hoy, como todos los días, me pongo en sus manos para que guíe mi camino en este trozo de tiempo que aún me queda por recorrer. Le pido a Él por usted, por mí y por todos aquellos y aquellas que han transitado directa o indirectamente en algún momento con amor y bendiciones por el trozo de tiempo que me ha sido asignado, y que le ha dado color, sabor, contenido y valor a mi existencia para hacer de mí lo que ahora soy como ser humano.
Gracias por formar parte de este trozo de tiempo de mi vida al leerme, amable lector. Por hoy es todo; medite lo que le platico, esperando que el de hoy sea un gran día para usted y su familia. Por favor, cuídese y ame mucho a los suyos. Me despido honrando la memoria de mi querido hermano Joel Sampayo Climaco con sus palabras: “Tengan la bondad de ser felices”. Nos leemos aquí el próximo lunes.